El centenario de la OIT: una mirada atrás. El bicentenario: un avance.

Discurso de Luc Cortebeeck, presidente del Consejo de Administración de la Organización Internacional del Trabajo (OIT) en la Asamblea General del Centro Europeo para los Asuntos de los Trabajadores (EZA), Copenhague Dinamarca, 2 de diciembre de 2017

Muchas gracias por la amable invitación. Nos encontramos ante momentos de gran actividad y tiempos de grandes retos, sobre todo en la OIT. Momentos muy interesantes para EZA, a la que se otorgaba el año pasado el estatus de observadora en el seno de la OIT. Y también EZA está en contacto con Pierre Martinot Lagarde, jesuita y consejero especial para asuntos socio-religiosos de la OIT, que organizará un evento conjunto para trabajadores y organizaciones socialcristianos sobre el futuro del trabajo, como preparación para el Centenario de la OIT.

Me han pedido que eche una mirada atrás a hace 100 años y que mire al futuro de cara al bicentenario. No resulta nada fácil, porque hace 100 años no había nacido y en 2119 ya no estaré en la tierra. Para resolver el primer problema, me resultará útil la Historia que han escrito otros. Mis preguntas sobre la Historia se ha visto resueltas leyendo Historia y también a través de mis conversaciones con el antiguo secretario general adjunto ejecutivo Kari Tapiola y a partir de sus textos. 

En cuanto al segundo problema, la situación en 2119, ustedes se encuentra en la misma situación que yo. Nunca sabrá si lo que digo aquí hoy se cumplirá o no. Dicho esto, vamos a intentarlo.

Permítanme que haga alusión, en primer lugar, al presidente Franklin D. Roosevelt. En 1941, se dirigía a la Conferencia Tripartita de la OIT en la Casa Blanca. Recordaba los inicios de la OIT, en los que había participado personalmente.

Mirando atrás a 1919, Roosevelt decía: “En aquellos días la OIT todavía era un sueño. ¿Quién había oído jamás que los gobiernos se reunieran para mejorar las normas laborales a nivel internacional? Aún más descabellada resultaba la idea de que las personas directamente afectadas –los trabajadores y los empleadores de diversos países– pudieran intervenir junto con los gobiernos para determinar dichas normas laborales”.

Las palabras de Franklin D. Roosevelt no eran mera retórica. Describía el cambio histórico en el Derecho laboral y en la práctica que se había visto confirmado e institucionalizado a través de la creación de la OIT. Cuando en 1919 empezaron las conversaciones de paz en París, gran parte de la opinión pública se sorprendió de que uno de los puntos en el orden del día fuera el Derecho laboral internacional.

Los periodistas se quedaron desconcertados cuando fue anunciado por el primer ministro francés Georges Clemenceau al inicio de las negociaciones. Sin embargo, tras unos meses intensos, la Comisión Laboral de las negociaciones de paz de París presentó la propuesta de crear una organización tripartita permanente para fijar y supervisar las normas laborales internacionales. Si somos sinceros, en la actualidad resulta inconcebible dar un paso tan gigante. La OIT arrojó frutos y se fue desarrollando, mientras que la Liga de las Naciones, creada también a partir del Tratado de Versalles desaparecería unos años más tarde a la espera de malas noticias –la Segunda Guerra Mundial– y, posteriormente, de mejores noticias: el nacimiento de Naciones Unidas en 1945.   

Para los negociadores resultaba evidente que tenían que encontrar un modelo que respondiera al desastre social que se avecinaba en el mundo industrial. Competían entre sí diferentes respuestas, el socialismo, la revolución comunista de San Petersburgo en 1917, así como la respuesta cristiana con la encíclica Rerum Novarum de 1891 del Papa León XIII.

La patronal no estaba entusiasmada con la OIT. Sin embargo, algunos consideraban que las nuevas disposiciones tripartitas podrían fomentar una cooperación útil con los sindicatos en situaciones en las que ambas partes consideraban que se debían limitar los intentos intervencionistas del Estado (ante lo que estaba sucediendo en Rusia).

No todos los sindicatos estaban convencidos de la utilidad de la OIT. Algunos la consideraban una colaboración de clases. El reconocimiento de ambas partes como interlocutores para la negociación colectiva se convirtió en realidad poco antes de la Segunda Guerra Mundial.

Esa fue también la experiencia de Albert Thomas, el primer director general, durante la primera década de la OIT al visitar los Estados miembros. A nivel nacional, la idea del tripartidismo resultaba todavía un objetivo lejano.

Sin embargo, a nivel internacional, se negociaban y votaban convenios. Y esta metodología ejerció una gran influencia sobre los Estados miembros. Primero, algunos Estados miembros europeos adoptaron el modelo y construyeron el llamado modelo social europeo. El modelo funcionó de forma diferente en Estados Unidos. En algunos países en desarrollo, la idea fue introducida por sus Estados coloniales, las patronales y las organizaciones de trabajadores.

Tras la Segunda Guerra Mundial, se negociaron y votaron muchos convenios. En aquel momento, aunque hubo cierta influencia del enfoque anglosajón, en los convenios probablemente tuvo mayor peso el enfoque de los Estados europeos. Por esa razón, la libertad de asociación y de negociación, así como el derecho a la huelga se alzaron como temas importantes. Por lo general, los gobiernos de Europa Occidental coincidían con la patronal y los trabajadores a favor de una economía de mercado social, oponiéndose al modelo centralista comunista. En los archivos de la OIT, se pueden encontrar intervenciones realizadas por los empleadores para defender el derecho a la huelga para atacar el modelo de la URSS.

En aquella época, también el trabajo de la OIT se vio influido por la Guerra Fría y, siendo sinceros, el mundo en desarrollo no contaba con demasiada influencia, por decirlo suavemente.

A mediados de los ochenta, en la OCDE se empezó a poner cada vez más en tela de juicio el modelo de cooperación y de consenso. Sin embargo, al mismo tiempo, quedaba institucionalizado a nivel europeo. En 1985, a iniciativa del presidente de la Comisión Europea, Jacques Delors, el “diálogo social” recibió un mandato constitucional por parte de la Unión Europea. Luego, se produjeron muchos cambios con la caída del Muro de Berlín en 1989. Constituyó uno de los factores que más impulsó la globalización. Reagan y Thatcher promovieron el llamado consenso de Washington a favor del neoliberalismo, basado en la privatización, la liberalización y un mercado libre y no regulado. El modelo del mercado social se veía sometido a una gran presión.

Para contrarrestar esta tendencia, muchas ONG introdujeron la idea de “cláusulas sociales” en los acuerdos comerciales. Sin embargo, se vio rechazada por los países en desarrollo, al considerar que se trataba de un nuevo instrumento proteccionista de los Estados industriales ricos.

En 1995, se crea la Organización Mundial del Comercio, que nunca gozó de mucho éxito. La Conferencia Ministerial de la OMC de 1999 en Seattle fracasó estrepitosamente, al igual que la ronda de Doha de 2001. 

El movimiento antiglobalización y los países en desarrollo se alegraron mucho de que así fuera, aunque no se puede decir realmente que fuera una victoria.

Para la OIT, resultaba fundamental tener en cuenta la globalización. Entre tanto, la OIT había desarrollado un conjunto de normas internacionales sobre todos los temas laborales y sociales, pero el sistema ya no gozaba de éxito porque se había generalizado la idea de la liberalización, promovida a ultranza por el FMI y el Banco Mundial. Como respuesta ante este reto, la Conferencia Internacional del Trabajo de 1998 concluyó con la “Declaración de Principios y Derechos Fundamentales” y decretó que todos los Estados miembros de la OIT estaban obligados a respetar 4 grupos de 8 convenios fundamentales, estuvieran ratificados o no. El primer grupo de convenios trata sobre la libertad de asociación (para trabajadores y empleadores), así como el derecho de negociación. Un segundo grupo tiene que ver con la erradicación de toda forma de trabajo forzoso. El tercer grupo se centra en la preocupación de erradicar el trabajo infantil y el cuarto, en luchar contra todo tipo de discriminación. La Declaración fue el resultado de la Cumbre Social de la ONU de Copenhague de 1995.

En la OIT se estableció un procedimiento especial de seguimiento. Sin embargo, en vez de someterse a informes anuales y a un examen, los países no ratificadores optaron principalmente por refugiarse en un sistema de supervisión más familiar y predecible a través de la ratificación de los convenios fundamentales. La tasa de ratificación de los convenios se sitúa actualmente muy por encima del 90%, con el último a la cabeza, el Convenio 182 sobre la eliminación de las peores formas de trabajo infantil, añadido a la lista de instrumentos fundamentales en 1999. 

Todos los miembros de la Unión Europea han ratificado todos los convenios fundamentales.

En 1999, la agenda del trabajo decente, muy importante en la actualidad, presentaba el derecho a un empleo sostenible libremente elegido, el respeto de los derechos laborales internacionales, la protección social y el diálogo social eficaz.

En 2008, la crisis financiera y de la deuda presentó un nuevo reto para la OIT y en 2012, el grupo de los empleadores puso en tela de juicio la objetividad del Comité de Expertos en la evaluación que realiza anualmente sobre la aplicación de los convenios y en sus recomendaciones para cada país. La patronal también atacó el derecho universal a la huelga. Constituyó una auténtica crisis en la OIT porque una de sus partes constitutivas ya no creía en su modelo.

Yo era negociador de los trabajadores y, después de más de dos años, empezando en 2015, pudimos llegar a un acuerdo con los empleadores sobre algunas interpretaciones. Fue y sigue siendo un avance importante, aunque en estos tiempos tan complejos debemos afrontar retos que provienen de todas partes, en algunas ocasiones de algunos Estados miembros, en otras ocasiones de los interlocutores sociales.

Sin embargo, pese estos tiempos complejos que vivimos hemos logrado:

  • Un Convenio sobre las trabajadores y los trabajadores domésticos (C189) en 2011 (52 millones de personas);  
  • Una Recomendación sobre los niveles mínimos de protección social (R202) en 2012. (Un 74% de los trabajadores no están protegidos por un sistema de seguridad social);   
  • Un Protocolo en 2014, se trata de una actualización del C29 sobre el trabajo forzoso, incluyendo todas las formas modernas de esclavitud (40,3 millones);
  • Una Recomendación (R201) en 2015 sobre la transición del trabajo informal al formal;
  • En 2015, en los Objetivos de Desarrollo Sostenible para 2030 de la ONU (17) se reconocieron nuestros dos objetivos, el trabajo decente y la protección social, como elementos clave para erradicar la pobreza en el mundo;
  • Organizamos un debate general sobre las cadenas globales de suministro y presentamos este año una nueva declaración sobre las empresas multinacionales;
  • Estamos preparando un convenio sobre la violencia contra mujeres y hombres en el trabajo;
  • Este año hemos renovado la declaración sobre la resistencia y la reconstrucción de las sociedades después de guerras y otros desastres (R71 de 1944);
  • Preparamos el Pacto Mundial del la ONU sobre la migración este año con recomendaciones muy interesantes;  
  • Y para demonstrar que la presión del sistema de supervisión funciona, después de debates imposibles y una misión muy difícil en Qatar, logramos un acuerdo con su gobierno para erradicar el sistema kafala y pasar a contratos laborales normales en vez del actual sistema de esclavitud con 2 millones de trabajadores que actualmente “pertenecen a su empleador”.

 

Sin embargo, no nos limitemos solo a mirar atrás a los últimos 100 años de la OIT, sino que miremos ahora hacia el futuro. Eso es lo que hacemos ahora, mirar al futuro. Como presidente del Consejo de Administración de la OIT, en virtud de mi cargo soy miembro de la Comisión Mundial sobre el Futuro del Trabajo, copresidida por Stefan Lofven, primer ministro de Suecia y Ameenah Gurib, presidente de Mauricio. El debate sobre el futuro del trabajo llega en un momento en el que desaparecen las certezas:

De acuerdo en el índice de la OIT 2015-2016 hay un fuerte aumento de la agitación social.

Las clases medias sienten que “ya no pertenecen a una sociedad que progresa”.

El multiculturalismo se percibe como una amenaza, no una riqueza.

Alrededor de 201 millón de personas se encuentra sin empleo y aumenta el subempleo. También crece el trabajo precario e informal.

La frustración, la impotencia y la ira que se airean en las redes sociales sirven para promover el populismo, el nacionalismo y el proteccionismo, así como el “devuélvenos nuestro país”.

La globalización constituía un elemento positivo para los países o subregiones que la regulaban. Sin embargo, la política abrumadora de no regulación nos ha dejado efectos desastrosos.

La onda expansiva de la globalización nos empieza a alcanzar ahora. Nuestras sociedades están pagado un fuerte tributo. Y este es el terreno en el que se siembra el “futuro del trabajo”.

La comunidad internacional política, económica y social no puede cometer de nuevo el mismo error.

El futuro del trabajo que queremos es un futuro regulado; el futuro del trabajo no concierne 1 sino 7 retos:

1. Las nuevas tecnologías

Primer reto: las nuevas tecnologías. ¿Hasta qué punto resultará destructivo o constructivo el proceso? ¿En qué medida provocarán los robots y la digitalización la pérdida de millones de empleos manuales? ¿Hasta qué punto destruirá la inteligencia artificial también los puestos intelectuales? ¿Cómo se cambiará el contenido y la organización del trabajo y cuáles son las perspectivas para las relaciones industriales y laborales tradicionales (por ejemplo en relación a los falsos autónomos)?

Nuestro mensaje no será luchar contra las nuevas tecnologías. Pueden resultar útiles para erradicar el trabajo precario y hemos aprendido de la historia que toda revolución tecnológica ha traído consigo una productividad mayor, con menos horas de trabajo y más empleo. Sin embargo, no estamos tan seguros ahora sobre el futuro. Lo que sí sabemos es que en los periodos de transición, sufren los trabajadores que desempeñan empleos de cualificación media o baja. 

2. La necesidad de puestos de trabajo

Esto nos lleva al segundo desafío, la necesidad de puestos de trabajo. Según los estudios de la OIT, en 2030 necesitaremos 570 empleos adicionales. Tenemos 1.400 millones de trabajadores en la economía informal con una mala protección social. Aumenta el trabajo precario en todas las regiones a un ritmo de 11 millones de puestos cada año, incluso en países de la OCDE. El crecimiento genera menos empleo y el crecimiento seguirá siendo limitado. Se dice que el crecimiento genera empleo. Entonces, ¿cómo se explica que desde 1980 el PIB mundial se haya triplicado, pero no el número de empleos?

3. La migración

La necesidad de empleo está vinculada al tercer desafío: la migración. Existen 244 millones de migrantes internacionales en todo el mundo. La migración se ve provocada por la desigualdad y el desequilibrio geográfico: 150 millones de personas emigran por trabajo. Se espera que en 3 años, en 2020, el mundo cuente con 405 millones de migrantes.  

4. El auge de “formas atípicas de trabajo”

El cuarto desafío es la calidad del trabajo, el empleo precario, en el lenguaje oficial de la OIT “formas atípicas de trabajo”, así como el auge de este fenómeno. Si definimos la forma de trabajo estándar como la basada en un contrato indefinido: un 74% del trabajo es atípico.

Se percibe un gran aumento de: la cesión de trabajadores por parte de empresas de trabajo temporal, los contratos puntuales, los contratos de cero horas, los contratos de una hora, los contratos de un día, las formas de trabajo desde casa no reguladas. Además, tampoco podemos olvidar el incremento de los falsos autónomos. Se trata de trabajadores que dependen de su empleador, pero sin contar con ninguna protección social precisa ni protección del empleo.

5. El aumento de la desigualdad

El quinto desafío es la creciente desigualdad. Solo un 26% de las personas tienen acceso a la protección social. Según Oxfam, 8 hombres poseen un 50% de los activos. Podemos ver cómo crece la pobreza incluso en los países de la OCDE: 300 millones de personas son pobres y un 36% de los niños viven por debajo del umbral de la pobreza.

El índice salarial de la OIT nos muestra que los costes laborales disminuyen: de un 75% (en los setenta) a un 65% (2008), pero no ha provocado un aumento del empleo. Entre 2013 y 2016, en todo el mundo, el aumento salarial ha sido de tan solo un 1,1%, principalmente gracias a China. Se constata un incremento de la desigualdad salarial en los países de la OCDE. Los gobiernos, la UE, así como el FMI interfirieron en los salarios y en la composición de los salarios. Se ha abandonado el vínculo entre los salarios y la productividad.

6. El desarrollo sostenible  

El replanteamiento de nuestro modelo de crecimiento es un sexto desafío. El modelo actual de crecimiento exigirá 2 planetas para mediados del siglo XX.

7. Las empresas

El futuro de las empresas es el séptimo. Los fondos privados de capitales y los fondos de alto riesgo fuerzan a las empresas a proporcionar beneficios a corto plazo; el “valor para el accionista” es la preocupación principal en detrimento de la sostenibilidad de las empresas a largo plazo. Las empresas de la “economía colaborativa” se niegan a entrar en los sistemas sociales y fiscales. Esto genera una competencia desleal y desvía recursos inicialmente previstos para las autoridades.

Las cadenas mundiales de suministro gestionan un 60% del comercio mundial, generan empleo, pero pueden operar entre tanto con 116 millones de trabajadores ocultos. Los problemas relativos al cumplimiento de las normas de la OIT y unos salarios mínimos viables aumentan cuanto más lejos se encuentran los eslabones de la cadena (a menudo en países en desarrollo).

La OIT deberá abordar la combinación de estos retos complejos. ¿Cómo hacerlo? Vamos a proponer 7 posibles vías de acción:

1. La investigación y el seguimiento permanente

Para poder planificar y acompañar la transición de la mejor forma posible, necesitamos una investigación permanente sobre el impacto de la tecnología y la interacción con la innovación a nivel organizativo, comercial y social, así como sobre la cantidad y la calidad del trabajo. Se trata de una gran tarea para la OIT en sus estudios a través de la cooperación y el trabajo en red con otros institutos. Esta es una primera vía de acción.

2. Los empleos: un gran potencial y una demanda no satisfecha

Una segunda vía para la acción es una nueva política de empleo. Formalizar la economía informal resultaría en una competencia más leal. La lucha contra el cambio climático ofrece oportunidades: alimentos de calidad, infraestructura para escuelas, hospitales, comunicación, transporte público, energías limpias, educación y cultural, cuidados (se necesitan ya 10,5 millones de trabajadores para el sector sanitario). Debemos prestar especial atención a las personas con bajo nivel educativo para evitar riesgos sociales. El desarrollo de proyectos de economía social y de oficinas locales de empleo podría resultar útil para abordar este problema.

3. Los salarios y la protección social

Se debe fijar como objetivo una mejor redistribución, a través de mejores salarios, así como una mejor protección y seguridad social. De esta forma aumentará también el consumo y el crecimiento. Una mayor igualdad constituye una condición necesaria para lograr una economía estable y sostenible, así como una sociedad en paz. Nos muestran el camino los Objetivos de Desarrollo Sostenible para 2030 de la ONU sobre el trabajo decente y la protección social (programas emblemáticos mundiales de la OIT/ONU).

4. Actualizar y recalibrar la legislación laboral en vez de desregular

La vía número cuatro es actualizar y recalibrar la legislación laboral en vez de desregular. Las previsiones para 2015 de la OIT, el Banco Mundial y el FMl nos muestran claramente que la protección social no socava nuestro crecimiento ni la cantidad de empleo.

La naturaleza del trabajo está cambiando y se vuelve más exigente, además de la búsqueda de flexibilidad por parte de las empresas y la necesidad de los trabajadores de gozar de tiempo libre y de poder gestionar la carga de trabajo en carreras profesionales más largas. Todo lo anterior exige un nuevo equilibrio (a través de la legislación y de los convenios colectivos). Resultará fundamental ser creativos y encontrar formas modernas de reducción del tiempo de trabajo (créditos de tiempo, permisos parentales, permisos para asistencia, vacaciones).

Se podría tal vez volver definir el significado de un “trabajo normal”, pero la relación laboral tradicional no ha muerto. No todo el mundo debe/puede ser autónomo y las empresas no pueden ni quieren trabajar solo con autónomos. También necesitan continuidad y coherencia. Se planteará una gran necesidad de educación, formación, así como de orientación laboral, en primer lugar para los trabajadores afectados por la transición. Los agentes sociales y los gobiernos tienen un papel que desempeñar. Los contratos laborales individuales y los regímenes de trabajo solo serán aceptables si están sometidos a una regulación colectiva y se ven protegidas por ella.

5. Las empresas centradas en una inversión / un crecimiento sostenible

En vez de “valor para los accionistas” como objetivo final, las empresas deben volver a centrarse en el largo plazo, en una situación de pie de igualdad y de competencia leal, como recalcan las normas de la OIT. Esta sería la quinta vía. Las llamadas “empresas virtuales” deben operar dentro de los sistemas sociales y fiscales.

Ha llegado el momento de promover la negociación “transnacional” para lograr acuerdos transnacionales como los acuerdos internacionales marco con empresas multinacionales y cadenas mundiales de suministro, como por ejemplo acuerdos entre los sindicatos mundiales y las “marcas”, como los alcanzados después de la catástrofe del Rana Plaza. El cumplimiento de la declaración renovada sobre las empresas multinacionales es otro instrumento importante de la OIT y estamos creando un procedimiento de la OIT para denuncias y mediación. De cualquier forma, la OIT tiene un papel que desempeñar, no solo junto con y en relación con los Estados miembros, sino también en relación con las empresas internacionales.

6. La necesidad de estabilidad social

La estabilidad social es una sexta vía que solo es posible con una revalorización del diálogo social y la negociación colectiva. Las empresas y los trabajadores se merecen una certidumbre jurídica. La actual situación de fluctuaciones políticas, presente prácticamente en todo el mundo, provoca una gran inestabilidad en los sistemas sociales. Las organizaciones de trabajadores y las organizaciones patronales deben volver a asumir su papel de apoyo, promoción y gobernanza de los sistemas de protección y seguridad social. 

Señoras y señores,

la séptima vía es “El trabajo no puede ser una mercancía”. En 1919 la OIT se fundó con esta famosa frase “…solo se podrá conseguir una paz universal y duradera si se basa en la justicia social”. En 2017, las personas, los trabajadores, no se siente reconocidos. 

Aceptemos el futuro del trabajo volviendo a conectar con las expectativas de las personas y de los trabajadores, con la economía real y con la sociedad real.

Muchas gracias.

 

Programa de formación de EZA de 2018

El centenario de la OIT: una mirada atrás. El bicentenario: un avance

125º aniversario de Rerum Novarum

EZA Aportaciones al diálogo social